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Lección Magistral de Antonio Pasquali, al recibir el doctorado Honoris Causa de la Universidad Católica Cecilio Acosta

Hay momentos en la vida —como el presente, en mi caso— en que se quisiera que la fórmula "no tengo palabras para agradecer" dejase de ser un estereotipo cortés para recuperar alguna prístina sinceridad, y se titubea al emplearla por miedo a que el tópico le reste fuerza expresiva a la gratitud. Pero igual la voy a usar, Señor Rector y demás Miembros del Consejo Académico de la Universidad Cecilio Acosta. En realidad de verdad, como hubiese dicho mi maestro Juan David García Bacca, yo no tengo palabras para agradecer a ustedes el haberme conferido el Doctorado honoris causa de esta Universidad, un honor que tengo en muy alta estima mientras me pregunto si en realidad fue merecido, tan prominente es la mole de lo que uno siente que no alcanzó a hacer.

No hay en esto ninguna falsa modestia, ningún fatalismo, mucho menos pesimismo. Quienes han trabajado en el campo de las comunicaciones sociales en países en desarrollo saben del enorme peso inercial de ciertas realidades constituidas, tanto políticas como económicas, de la feroz resistencia al cambio, de la impar y nunca subsanada asimetría entre lo deseable y lo logrado. Si además nos tocó vivir la entera época de la Guerra Fría, aquellos decenios rugientes en que el más mínimo intento de innovar era automáticamente sospechado de favorecer un bando o el otro —lo que alimentaba el inmovilismo— se comprenderá porqué la gente de mi edad que trabajó en el hipersensible sector de las Políticas de Comunicación pudiera considerarse como una suerte de "lost generation", una generación frustrada si se le fuere a ponderar desde el mero ángulo de la praxis, de los cambios e innovaciones que postuló y que no logró realizar. En esto no hay que llamarse a engaño: mientras los científicos sociales exigíamos más democracia, calidad y pluralismo en comunicaciones, y éramos considerados como personajes estorbosos cuando no subversivos tanto en Moscú como en Washington, tanto por las Cámaras de la Industria de la Radiotelevisión como por Miraflores, los fabricantes y distribuidores de mensajes no hacían más que agigantar sus imperios comunicacionales, los Azcárraga, Cisneros y Mariño adquirían dimensiones mundiales y, por primera vez en la historia, esa industria de las conciencias, valores y gustos llegaba al lógico terminal de sus ejecutorias: alcanzar el poder tout court con sus Collor de Melo, Reagan, Berlusconi y Schwarzenegger. Son verdades fácticas e indiscutibles, que por lo que a mi me toca asumo con total lucidez historicista y sin derrotismos.

La Historia y el Pensar, que en algún momento fueron respectivamente definidos como magistra vitae y ars consolatoria, enseñan por otro lado que la tarea seminal de concienciar las sociedades acerca de un determinado problema tiene casi el mismo rango axiológico que el dar solución al problema mismo, pues sin sensibilización, sin conciencia previa y socializada de la necesidad de un cambio, el cambio mismo será incomprensible, efímero o inviable. Si de esto segundo se trata, mi ego moral se siente entonces menos incómodo ante el honor del Doctorado. Llevo medio siglo trajinando el tema de las Comunicaciones, y si bien la vida me dio la rara oportunidad de ejercerme tanto en la teoría como en la praxis comunicacionales, pienso que si se me obligara a autodefinirme, diría sin pensarlo dos veces que mis logros más visibles, por modestos que hayan sido, están del lado del de—silenciamiento y la des—mitificación de un problema que era tabú, en enseñar una incesante lectura crítica de los medios, en concienciar al plexo social acerca de la fuerte inherencia entre comunidad y comunicación, y en pregonar tozudamente un mayor pluralismo, libertad, democracia y mística de servicio público en comunicaciones.

El mío no fue, desde luego, un crucero en solitario. Navegué en equipo, compartí faenas con muchos compatriotas, con latinoamericanos y con colegas y entidades del mundo entero. Una de las instituciones que más lucharon en los pasados decenios por mejores Comunicaciones fue la Iglesia Católica, que en Puebla y Embú supo definir posiciones de avanzada cuya reactivación sería hoy altamente deseable. En Venezuela, para citar un ejemplo local, tocó a Mons. Ovidio Pérez Morales acompañarnos activamente en la confección del "Proyecto RATELVE" en 1974. Como símbolo de todos ellos, quisiera sin embargo recordar acá esta noche a un marabino de adopción que se fue, a Sergio Antillano, quien me enseñó cuando joven a comunicar con honestidad y donaire. En este sentido —y me perdonarán el uso de otro lugar común, al que trato igualmente de devolver su prístina dignidad— haré saber a mis colegas del país, la región y el mundo que recibí el honor que se me hace esta noche en nombre propio y en nombre colectivo también. Pudiera aportar varias pruebas a este auto—elogio despersonalizado, generacional y regional; me limitaré a una sola. Si la UNESCO (de cuyo Secretariado formaría luego parte durante doce años), decidió en 1976 iniciar en Latinoamérica, en San José de Costa Rica, la serie de sus Conferencias Regionales de Políticas de Comunicación, fue justo por reconocer que en aquel momento éramos la región del globo de más articulada, avanzada y explicitada conciencia en materia de comunicación social y de los cambios que requería. En aquellos decenios la región llegó efectivamente a acumular un enorme acervo conceptual y crítico que ha quedado depositado en su conciencia y en la del mundo y que nada ha perdido de su actualidad, con aportes argumentales y sensibilizadores parte de los cuales quedaron plasmados no sólo en las Resoluciones que adoptaría la Conferencia de San José, sino posteriormente en las mejores definiciones de un Nuevo Orden Mundial de la Información y de la Comunicación, el NOMIC y aún hoy —mirando las cosas de cerca— en las Recomendaciones de la recién concluida Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información. Porque hay una verdad que debe ser dicha y redicha antes de que nos la olviden o nos la roben: entre los años '60 y '80 del pasado siglo, América Latina (y en ella Venezuela en primera fila) asumió un rol de protagonista en la historia mundial del reformismo en comunicaciones; fue desde acá desde donde se denunció al mundo que, por debajo de la confrontación coyuntural Este—Oeste en materia de Comunicaciones, yacía un inmenso desequilibrio estructural Norte—Sur que poco o nada tenía que ver con Guerras Frías entre superpotencias y sí mucho con subyugaciones neocoloniales. De todo aquello queda en la región una sedimentación de racionalidad, democraticidad y anhelo de verdadero pluralismo en los medios que ninguna desfiguración autocrática o caricatura de régimen, como las que vemos actualmente florecer alrededor nuestro, lograrán desvirtuar.


Excelentísimo Señor Rector, distinguidos Colegas y Amigos,

En ocasiones como la presente el señor es llamado a correr sus riesgos, a desnudar la intención continua que lo movió y a decirle a los júniores que lo escuchan qué lección quisiera dejarles en herencia.

Mi personal lección magistral cabe en una sola invitación: sean racionales, practiquen siempre la racionalidad, pónganse del lado de la razón, racionalicen la realidad, vuélvanse razonables y obliguen a raciocinar las cosas. Me refiero, obviamente, tanto al uso de la razón pura como al de la razón práctica, a "diánoia" el intelecto discursivo, "epistéme" el conocimiento científico y "frónesis" la prudente razón del hacer; tanto al "savoir" científico como a la "sagesse" moral, en suma, a la "scientia" y a la "sapientia" que figuran en el escudo de esta Universidad. La mía no es una invitación a dejar de lado la Fe, pues el problema de una armoniosa convivencia de Fe con Razón lleva siglos de resuelto. Tampoco los invito a reprimir instintos, conculcar emociones o inhibir voluntades; tres mil años de cultura han tejido muy fino sobre las relaciones de éstos con la humana Razón. En suma, mi invitación no es a practicar un talibanismo de la racionalidad, algún fundamentalismo o rigorismo de la Razón, graves errores reconocidos como tales hace siglos y que en el recién concluido condujeron a las más nefandas consecuencias. La invitación es a jerarquizar armoniosamente facultades dando siempre prioridad a lo racional, a sabiendas de que si bien el sueño de la Razón engendra monstruos, su insomnio produce peores delirios, quimeras y prepotencias. Un hecho excepcional debemos honrar por sobre todas las cosas: hasta que se demuestre lo contrario —pero la llamada "paradoja de Fermi" asegura que esa demostración nunca vendrá— somos los únicos seres pensantes del Universo; una unicidad, un sicut Deus a no desperdiciar y a honrar siempre.

Creo firmemente que en la presente coyuntura histórica, mundial y local, los racionales hemos de salir a gritar en nombre de la Razón que "lo que es no es verdad". Hay que salir a negar la pretendida verdad de cosas que se nos quieren imponer como verdaderas, bellas y buenas sin serlo. Hay que gritar que estamos hartos de un mundo que borró de su lista de virtudes la Tolerancia y la Solidaridad, y es regido por los peores frutos de la irracionalidad: desaforados y egoístas apetitos económicos, furibundas y armadas voluntades de poder, hedonismos de pacotilla, los cuales nos han vuelto excesivamente remotos los años de los Kennedy, Krutschev y Juan XXIII. Hay que gritar a voz en cuello que sobreviven valores irrenunciables y no negociables. La Razón debe decirle ¡basta! a este mundo de hoy mayoritariamente gobernado por una fauna de halcones, talibanes, extremistas, ex—jefes del espionaje, hombres mesiánicos, plutócratas, iluminados, coroneles, torturadores, fundamentalistas, científicos amorales, actores de segunda, acaparadores de medios comunicantes, guardianes de revoluciones y fideistas. Demasiado tolerantes han sido en las últimas décadas la Razón y la Democracia en materia de gobierno del hombre y de las cosas. Toca ahora a la Razón demoler el irracional discurso del odio en todas sus formas y disfraces. Poderosos imperativos y reales urgencias ecológicas, científicas y demográficas imponen hoy al ser pensante no perder más tiempo en irracionalidades, encender por todos los medios posibles un círculo virtuoso que permita in extremis el logro de aquel ideal de colligi ad unum sin el cual no habrá futuro para la vida en Tierra. Hay que salir a salvar la Cultura de las librerías de aeropuerto y, en las más imprevisibles esquinas, de los despachadores de pacotilla ideológica; hay que salvar la necesaria difusión del saber de las interesadas manipulaciones de los Discovery Channels; hay que salvar la milenaria inteligencia moral de la humanidad de un cientificismo al servicio de los poderes. Este es el mundo de la irracionalidad que la Razón debe denunciar y disolver; esta es la inmensa tarea que espera al único ente del universo dotado de razón.

Nuestra época viene pues exigiendo una resurrección de la Razón, y ese pedido luce hoy particularmente pertinente si volvemos la mirada a la realidad nacional. Vivimos acá los años de las verdades pretendidas e impuestas por salvadores apócrifos, de graves prepotencias de las mayorías hacia las minorías, de una contaminación tóxica de las reglas esenciales de la convivencia por añadidura de militarismo, y de un fundamentalismo del resentimiento, o sea de un cúmulo de irracionalidades que pudiera alcanzar en cualquier momento su masa crítica y producir un desastre nacional. Intentar una desescalada oponiendo pasión a pasión, esto es sinrazón a sinrazón, será perfectamente inútil; no nos queda otro antídoto que la Razón y la racionalidad. Un camino largo y penoso, pero el único transitable si no queremos eternizar la espiral de las irracionalidades. La dificultad del ejercicio tiene profundas razones históricas: unas cinco décadas apenas de genuina democracia en casi dos siglos de independencia, un rosario de montoneras, guerras de facción y atropellos, treinta y tres Presidentes militares con su secuela de servilismo civil, un predominio acentuado de la irracionalidad. Pero una mirada más fina descubriría en aquella atormentada historia nacional un filón ininterrumpido de lúcido racionalismo. Es el filón que comenzando con los José María Vargas y Fermín Toro, y pasando por los Cecilio Acosta, José Gil Fortoul, Teresa de la Parra o Mariano Picón Salas, llega a los Humberto Fernández Morán, Francisco de Venanzi, Luis Castro Leiva, Virginia Betancourt o Jesús Soto de nuestra época. Mi invitación es a ensanchar y convertir en camino real esta trocha ya abierta por gente de tanta sindéresis intelectual y moral.

Muchas gracias.

Lección magistral de Antonio Pasquali al conferirle la Universidad Católica de Maracaibo Cecilio Acosta el título de Doctor Honoris Causa; Centro Cultural Lía Bermúdez, Maracaibo, 7 de diciembre 2005

 


 
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