Par de episodios con Uslar
El primero sucedió cuando el suscrito tendría unos dieciocho o diecinueve años. Recién universitario, inseguro, flaco, lepstosomático, mucho menos hirsuto que mis compañeros de clases, el cálculo diferencial e integral: bien, gracias, pero una hojilla me duraba toda una semana, y la mayor parte de las mujeres me veían más como mascota que como oscuro objeto de deseo, o al menos eso opinaba yo.
Alcibíades me llevaba unos cinco o seis años, amigo de mi hermano mayor y ya mediada la carrera de Mecánica en la misma universidad. Pequeño, achaparrado, casi retaco, catire, con una pelambre que le subía desde la punta de los pies, sin tregua, hasta la coronilla. Contestatario, anarquista, glotón, vivía disfuncionalmente con sus padres y hermanos en un edificio de la avenida Victoria de techos altos y ascensores desvencijados que me encantaba frecuentar para escuchar sus peroratas sobre religión, política, la universidad, la fotografía y sus propias y múltiples conquistas y proezas nocturnas. “Enano: sabes una cosa que les gusta a las mujeres: esto”, me decía mientras se frotaba los brotes de pelos en el rostro y el pecho.
Este tercio era la clásica mala compañía que aterraría a cualesquiera honrados padres de familia clase media, en particular los míos; la figura modélica masculina cuya conducta debía imitar para adentrarme en los mundos que yo intuía estaban por ahí y me estaba perdiendo por falta de pelos o de coraje. Un día Alcibíades soltó una propuesta turística: “Enano, vámonos un fin de semana a Aruba. Ahí hay un mujerero loco, y en los casinos te lo regalan todo: la comida y los tragos”. Y claro, la propuesta de una figura modélica no se discute, se acepta entusiastamente, incluso cuando no hay ni vehículo propio ni reales para volar hasta Aruba, mucho menos para andar gastándolos en mesas de blackjack o en ruletas.
El autobús rumbo a Punto Fijo salió del Nuevo Circo bien adentrada la noche. La recomendación de mi compañero de viaje, aparte de aferrarme al maletín, fue de tratar de dormir para aprovechar el trayecto nocturno. Qué va, no había manera de acomodar los huesos en aquellos asientos mezquinos, entre ruidos, olores y traqueteos, para conciliar un sueño fugitivo y pesadillesco, donde un servidor calculaba mentalmente las probabilidades de éxito en una partida de blackjack, mientras un par de mulatas de labios protuberantes y pechos más protuberantes, acodadas a mi lado, me alimentaban con canapés y rellenaban mi vaso cada tres minutos. Mis manos se movían ágiles entre el fieltro de la mesa y el poliéster de las mulatas. Me las sabía todas: para pedir más cartas había que rascar levemente el fieltro, y diecinueve, además de mi edad, era un buen punto para quedarse plantado en el juego. En un rato ganaba una pequeña fortuna, y para despejar la mente, salía hasta el área de la piscina donde Alcibíades, acostado en una poltrona y con un enorme tabaco en la boca, se dejaba masajear el pecho peludo por otro par de mulatas curvilíneas.
Una vez despiertos y llegados a Punto Fijo todo marchó muy bien hasta el momento de comprar los boletos del ferry. En ese momento nos enteramos de que para salir del país (y Aruba era un destino foráneo) se necesitaba un permiso de los padres en el caso de menores. Qué humillación: yo era un menor, sin permiso de los padres por escrito para salir del país. De nada valió la visita al Jefe Civil del lugar, previa antesala agobiante. Adiós Aruba.
La mañana transcurrió en la playa, un lugar desolado, supuestamente frecuentado por la gente asociada a la industria petrolera, omnipresente con tuberías y mechurrios en una geografía de cactus, calor infernal y unos restaurancitos llenos de moscas donde comer pescado.
Antes de tomar el autobús de regreso, el azar de un paseo por el pueblo nos llevó a una pequeña librería de textos escolares y juguetes plásticos guindando del techo. Escarbando en las estanterías, encontré un ejemplar en rústica de Las lanzas coloradas , que ya entonces era un clásico, en antologías y en aulas, con cuatro décadas de historia. Poco hablé con Alcibíades en el trayecto de vuelta. Las infinitas horas diurnas de traqueteos, olores y ruidos rumbo a Caracas, se me pasaron inmerso en la guerra de la independencia, con la sangre chorreando por las lanzas, corriendo por las astas, coagulándose en el labrado de las manos, trepándose por los brazos, alcanzando los cuerpos y bañando la mitad de los caballos. Para qué Aruba y sus emociones fuertes. Allá en el libro estaba todo: la metáfora criminal, el incesto, la violación, la herencia colonial maldita y la violencia originaria de toda fundación.
Al cabo de un millón de horas, regresamos al punto de partida, el apartamento de Alcibíades. Me quedé dormido sentado en un sillón de la sala, de piernas cruzadas y con el libro en el regazo. En el sueño, la caterva de lanceros galopantes entraba a una iglesia, repleta de luces, mesas de blackjack, ruletas y mulatas protuberantes, para completar una masacre minuciosa, indiscriminada, tasajeante, despedazante, y colorada.
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Mi segundo episodio con Uslar ocurrió, como en esa novela de Dumas, algo más de veinte años después. En este caso puedo dar la fecha exacta, 3 de agosto de 1995. Lo sé porque faltaba un día para que Beatriz, mi hija mayor cumpliera un mes de nacida. Toda mi familia me acompañaba en las inmediaciones de ese salón ficticio del Caracas Hilton que luego se abre en un Gran Salón donde aparecen los políticos, sirven los tragos y, si hay suerte, algunos pasapalos. Beatriz no necesitaba de éstos, sino de la leche materna que puntualmente Soraya le suministraba cada dos horas. Como todo neófito ávido de trascendencia, arrastré a mi familia demasiado temprano hasta ese lugar. Laureano Márquez había ganado ese año el premio al mejor artículo humorístico, y como este hombre también fue excesivamente puntual, tuve la fortuna de ser su único público durante un buen rato en una fila en el medio del salón. Cien anécdotas de Laureano y una lactancia de Beatriz más tarde, el salón quedó lleno. Las vacas sagradas ocuparon las dos primeras filas y el presidium. Entre los bovinos sacramentales de la primera fila se contaba Uslar, que ese año había ganado el premio al mejor artículo de opinión. Rodeado de atenciones, se veía tal y como uno lo imaginaba gracias a las fotos de Vasco Szinetar, con sus párpados hinchados, bastón y el cuerpo vencido, como un dios oriental remoto y cansado. Durante todo el acto, repleto de discursos, planeé mi encuentro. Cuando anunciaron mi nombre, me paré y caminé deliberadamente hasta el presidium, disfrutando mis quince segundos de fama. Unos apretones de mano y un diplomita, y al voltear de regreso a mi puesto, lo tenía ahí, a dos metros de distancia. Lo pensé mejor y no le dije nada en ese momento, al fin y al cabo quién era yo para desviarme del protocolo y por otro lado, seguramente, me aguardaba una sordera nonagenaria. Esperé hasta el final del acto y me abalancé sobre él antes de que se lo llevaran. Puse mi rostro muy cerca del suyo, sereno y distante. Pude detallar sus cejas pobladas y la multitud de arrugas. Traté de adoptar una expresión apasionada, intensa, de traductor de manuscritos del Mar Muerto. Me contuve para no agarrarlo por la pechera y le grité en el oído para sobreponerme al estrépito de sillas arrastrándose y saludos vocingleros. “Cacique, Uslar. Cacique. ¿Por qué tuvo que desaparecer Cacique?”. “Ah, sí, Cacique. La lluvia”, me respondió sin inmutarse. “Fíjese que esa pregunta me la han hecho muchas veces”, añadió con lentitud. “Ajá”, le repliqué “¿y qué responde a esa pregunta, que los héroes ausentes gustan más que los presentes? ¿Hay alguna metáfora homérica que no estoy captando?” La verdad era que me estaba sobreexcitando con cada pregunta. Algunos allegados del entorno de Uslar me miraron con preocupación, pero yo no iba a soltar, así no más, a mi piedra de Rosetta, a mi ciudadano Kane con su trineo, y seguí la interpelación: “¿No podía Cacique quedarse con los viejos, no se los podía usted imaginar a los tres bailando juntos bajo el aguacero? ¿Usted hubiera dejado que Abraham sacrificara a Isaac?” Uslar carraspeó antes de responder. “Mire, solamente hay dos o tres temas importantes en la literatura, y en ese cuento uno de los temas debía imponerse. Tenía que eliminar a Cacique en la escena final” Un sollozo infantil conocido me hizo voltear. Beatriz en brazos de Soraya, y el resto de la familia un poco más atrás. Repartí unos besos. Volteé y traté de empezar otra frase, pero mi interlocutor ya se distanciaba, casi en volandas, rodeado por el círculo de allegados solícitos. El Gran Salón era un hervidero de actividad. Mesoneros y personeros por doquier. Algunos conocidos, vasos en mano, me sonreían a la distancia. En ese mismo instante me hice el firme propósito de prescindir totalmente de conucos, aguamaniles, cabestreros y violencia en mi trabajo futuro. Todo versaría sobre el sexo contemporáneo, aleatorio, luminoso y explícito.
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Epílogo: de Perogrullo, los dos episodios son apócrifos, uno más que el otro.
José Luis PALACIOS
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