Dramaturga con mundo propio
En el clima artÍstico de renovación de los años cincuenta, cuando al fin la dramaturgia y la escena venezolanas accedieron a la modernidad, tan largamente detenida y con sólo el antecedente de aisladas creaciones textuales, apareció la primera obra de una dramaturga cuyo nombre no era desconocido, puesto que habÍa publicado, en 1953, un libro de poemas en prosa titulado La gruta venidera. En éste habÍa apuntado la predilección por lo subjetivo humano tras las imágenes.
Intervalo resultó, en la representación hecha, en 1957, por el Grupo del Ateneo de Caracas, en cuyo concurso habÍa obtenido el segundo premio, una sorpresa. Era algo distinto, para el medio, el tratamiento existencial tras una metáfora atemporal y alógica, sumergida en una ambientación poética de la palabra y la visualidad, para asÍ expresar lo real humano por medio de la irrealidad fantástica.
Esa obra en tres actos fue, además, exponente de un género de escaso cultivo entonces, como la sátira. Sobre todo la poética, de culta elaboración, era flor rara en medio del vergel de variedades creadoras, con el que se estaba afirmando un nuevo teatro venezolano. Apenas Ramón DÍaz Sánchez habÍa escrito tres sátiras poéticas con atmósferas imaginativas y trasfondo existencial. Y en la frontera de las dos décadas, César Rengifo con Buenaventura Chatarra y Elisa Lerner con Una entrevista de prensa o La Bella de inteligencia, en sus distintos modos de creación recurrieron a la sátira para expresar, avizoramente, la temprana desviación de la nueva democracia hacia el conocido vicio de usufructo del poder de unos pocos en perjuicio de la mayorÍa acreedora. Son farsas dramáticas, que como toda buena farsa, nacieron de serios planteamientos expresados con exageraciones, bien por la fantasÍa, bien por el abultamiento grotesco.
En la continuidad de su obra dramatúrgica, Elizabeth Schön no abandonó la escogencia de la conflictividad existencial humana por incomunicación y consecuente soledad, planteada con visos de absurdo, a través de las situaciones vividas por sus personajes. El irrealismo mágico de trasfondo filosófico reaparece en la siguiente obra La aldea. No en Melisa y el yo, del mismo año 1961. En esta pieza ensaya una anécdota vinculada a lo social con la que se aparta de su modalidad, aunque incluye una intuición en la protagonista de otra realidad. Pero cuando E. Schön escribe, entre 1967 y 1972, tres piezas breves en las que sintetiza la problemática existencial de la comunicación entre las personas, que es su más fuerte rasgo temático y conceptual, alcanza la plena realización de lo que consideramos su mundo dramatúrgico. Un tema con tres variaciones en la común escogencia de la relación de pareja, la más común y a la vez la más compleja, nutre a Jamás me miró, Al unÍsono y Lo importante es que nos miramos, brevedades en las que los personajes carecen de identificación singularizada en beneficio de la representación de la especie: El Hombre, La Mujer.
En la evidente madurez de la autora es más desconcertante la soledad como inherencia de los seres humanos, incapaces de Íntima comunicación, expresada con lenguaje común. El absurdo ya no es intuitivo, obedece a una posición asumida respecto al ser humano. Tanto en Jamás me miró como en Al unÍsono resulta de las situaciones que ponen en contacto al Hombre y la Mujer, de las que deriva la suposición de que para cada uno dicha relación acrecienta el sentimiento de soledad y de extrañeza respecto al otro. La disociación se acentúa en la primera porque el encuentro es provocado por la muerte del hijo de ambos.
Perfecta brevedad es Lo importante es que nos miramos, de elocuente fantasÍa comunicativa elaborada con parlamentos coincidentes entre los dos desconocidos sobre la ocupación de cada uno hasta concluir en la importancia de haberse mirado. La sutileza de Elizabeth Schön para hacer planteamientos filosóficos a través de imágenes de inmediatez y gente del común se eleva, en la pieza, a la perfección.
En la actualidad teatral de obligante preferencia por monólogos u obras de escasos personajes, nos extraña que ninguno de nuestros cultos directores no haya preparado una función con esas tres piezas, que contarÍa con una apreciable recepción. ¿Obedecerá a nuestro afán de presentismo, a nuestro desdén por el pasado o a esa criticable banalidad que abunda en nuestra escena en busca de taquilla y complacencia de un público también banal?
Carmen MANNARINO
|