A la memoria de Fatou Ndiaye Sow
Fatou Ndiaye Sow murió inesperadamente el 23 de octubre de 2004 en Nueva York, donde había ido para asistir a una conferencia de la Organización de Escritoras de África. Su cuerpo fue devuelto a Senegal.
Organizadora incansable y poeta destacada a la vez, Fatou, que tenía alrededor de 67 años, era miembro fundador del IPWWC y su coordinadora para África francófona desde cuando el comité todavía no existía formalmente. Fue una presencia impresionante en los congresos del PEN Internacional: una pequeña mujer exótica, con tocado de algodón de Senegal y un boubou que hacía juego, cayendo de un hombro color de chocolate. Tomaba apuntes en la Asamblea General, daba reportes en el Comité de escritoras, y siempre se la veía registrando en su bolsa enorme, de donde podía salir cualquier cosa.
Tenía muchas cosas importantes en esa bolsa. En ella llevaba las noticias, algunas muy espantosas sobre escritores en otros países en África del oeste. Llevaba sus propios volúmenes de poesía. Defensora de los niños desde siempre, llevaba allí muchos folletos, historietas y libros infantiles, (algunos bilingües, francés/wolof), muchos que trataban sobre los derechos de los niños. Llevaba regalos chiquitos.
Fatou fue musulmana devota. Viajaba con su tapete para rezar y rezaba todos los días, pero rompió todos los estereotipos sobre la mujer musulmana. Aunque nunca tomaba alcohol, le gustaron absolutamente las fiestas de coctel. Andaba en ellas con un vaso de jugo de naranja en la mano. Frecuentemente viajaba sola, aun a países donde no hablaba la lengua. Aceptaba cualquier hospedaje, aunque tuviera que caminar mucha distancia al centro de conferencias, con muchas oportunidades para extraviarse y sin saber una lengua común para poder preguntar. No me acuerdo de una vez cuando se quejó.
Sufrió por los abusos cometidos en nombre de su religión. Un abuso que le preocupó mucho fue la práctica de mandar a niños jóvenes muy lejos de sus casas a escuelas musulmanas especiales, donde les enseñaban no hacer más que recitar versos del Korán en una lengua que no entendían. Estos niños fueron arrancados de la vida familiar, raras veces pudieron volver, y muchas veces terminaron como carne de cañón en las guerras. Su poema poderoso, de hecho casi inaguantable, "El lamento de una madre" ("La complainte d'une mère"), publicado en su último poemario Les Tisserands du Rêve, habla en la voz de una madre cuyo hijo está a punto de estar separado de ella, para salir a este tipo de escuela. Por supuesto, nadie hace caso a la opinión de la madre en este asunto.
El nombre de Fatou era una forma adjetival de Fátima, una hija de Mahoma. Le pregunté a qué cualidades se refirió, y me contestó, "Oh, sumisión y tales cosas." Le pregunté si el nombre la describía. Me dijo que no, y que su marido le había comentado que no era muy sumisa, que nunca decía que estaba de acuerdo con una cosa al menos que estuviera realmente de acuerdo.
Tenía un don por encontrar el camino positivo. No creo que a Fatou esto le costaba trabajo. No es que tratara de evitar confrontaciones; en seguida Fatou siempre encontraba el lugar que le convenía y empezaba a trabajar. Decía que tenía muchas ventajas, porque en Senegal contaba con apoyo por su trabajo de gente de todos los niveles, desde su familia hasta el presidente del país.
Pero esto no puede ser la explicación completa. Creo que ella había encontrado una misión que la sostenía todos los días. Fatou murió desempeñando su oficio. Ahora es nuestra tarea dolorosa seguir sin ella.
Lucina KATHMANN / Centro PEN de San Miguel de Allende, México
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